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Serra Gelada, los secretos del acantilado

“…Quisiera poder describir con fidelidad la sierra del Arabí, en el lado que el mar lame, que el mar acaricia. A la luz de la luna, entre la indecisión de las sombras, sus peñascos desgajados, medio cubiertos por el agua, parecían columnas rotas, estatuas mutiladas, ruinas de templos, aras hechas mil pedazos, altares antiguos heridos y destrozados, dioses que el mar estaba devorando; en una palabra, el naufragio de un pueblo, de una civilización. Yo algunas veces temblaba delante de aquellos escollos inmensos, que se perdían en el cielo, y que parecía que al menor beso de la tranquila ola se embreaban, amenazando desplomarse sobre nosotros…”

Es imposible estar a los pies de los acantilados de la sierra del Arabí, o Serra Gelada, y no sentir lo mismo que describió en 1881 Emilio Castelar, quién fuera presidente de la I República española, un escalofrío infinito mezcla de admiración, de temor, de respeto. Castelar escribió sobre estos acantilados de manera admirable y fue testigo de su belleza sin huella, de las cuevas donde se refugiaban las focas monjes, donde los pescadores aún podían recoger el agua dulce que destilaban sus techos, el mismo lugar donde la recogieron los piratas berberiscos durante más de 300 años.

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Emilio Castelar y Ripoll. Presidente de la Primera República Española entre 1873 y 1874.

Porque es cierto que ya sea caminando desde la cala de Ti Ximo buscando la torre de les Caletes o recorriendo el sendero de su cresta, la Serra Gelada siempre sorprende, impresiona y por supuesto intimida, especialmente si la observamos desde el mar. El momento en el que ganas la punta Bombarda con el faro del Albir y los restos de la torre vigía allá arriba, cuando giras buscando la Mitjana y aparece el acantilado en toda su extensión, en ese preciso momento las palabras de Castelar adquieren todo su significado, de golpe, sin previo aviso. No en vano dos elementos paisajísticos se unen aquí para enmudecimiento de quienes los observan. El Mediterráneo horizontal e infinito junto la enorme pared vertical del acantilado, finita, pero igualmente interminable.

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Punta Bombarda y Faro de l’Albir (Serra Gelada). A la derecha del faro se observa la base de la torre vigía de la Bombarda, del siglo XVI. Foto: Antonio Sáez.

Entre los muchos tesoros que esconde este acantilado quizás el más importante no está relacionado con piratas, joyas botánicas o aves protegidas, siendo más bien un preciado recuerdo de climas remotos, de hace miles de años. Un magnífico legado en forma de duna. Pero no se trata de arena normal sino arena anclada en el acantilado, colgada de él, abrazada a él para siempre.

La duna fósil de Serra Gelada constituye unos de los hitos geológicos más importantes de la Comunidad Valenciana. Sus extraordinarias dimensiones (250 metros de altura y un volumen de arena estimado en 16 millones de metros cúbicos) la convierten en la duna de mayor altura del continente europeo. Además destaca su singularidad  botánica, debido al conjunto de especies de arenales que en ella se encuentra difíciles de localizar en conjunto en otros lugares de la provincia. Pero casi nada de esto es comparable a la primera vez que la ves, que tomas consciencia de su magnitud, de su colosal altura, de su excepcional belleza.  Belleza amenazada por la erosión continuada producida por el agua de la salida de la depuradora existente al otro lado de la sierra, mordiéndola sin descanso, problema cuya solución alguien debería afrontar de una vez por todas.

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Duna fósil de Serra Gelada desde el mar, frente a las calizas jurásicas del morro de Sant Jordi.

Esta sierra litoral alicantina, junto con su frente marino y las bahías de Benidorm y Altea fue declarada Parque Natural por la Generalitat Valenciana en 2005. Más de 5.500 hectáreas de acantilados y fondos marinos protegidos situadas en los términos municipales de 3 localidades de gran importancia para el sector turístico de nuestra región como son el Albir en l’Alfàs del Pi, Altea y por supuesto Benidorm, cuyo icono identificativo por excelencia, su isla, está incluida dentro del Parque Natural de la Serra Gelada.

Un Espacio Natural con un excepcional valor ambiental y cultural donde encontramos escasas aves marinas como el Paiño o el Cormorán moñudo, praderas de la planta marina Posidonia oceanica en las bahías y entre los haces de esta, ejemplares de Nacras de gran belleza,  además de plantas rupícolas en el acantilado como la amenazada Silene d’Ifac y dunares como la endémica Linaria arabiniana cuyo nombre científico está relacionado con el topónimo de esta sierra, Penyes de l’Arabí. Desde halcones y delfines hasta peces luna, torres vigía, pecios, plantas atlánticas como la Camariña o incluso un parche arrecifal de coral fósil, mil y un recursos ambientales y culturales en una zona donde hasta hace poco nadaban las focas monjes, se trabajaba la minería de ocre y se calaban almadrabas.

Linaria Arabiniana Serra Gelada
Bellísimo ejemplar de Linaria arabiniana, endemismo iberolevantino que crece en la duna fósil de Serra Gelada y otros arenales de Alicante.
Ola fósil Serra Gelada
Detalle de la duna fósil de Serra Gelada, constituida por eolanitas blancas parcialmente erosionadas por acción del viento.

Serra Gelada está enclavada en uno de los destinos turísticos más importantes del estado español. Más de 250.000 personas recorren la ruta del faro del Albir, navegan hasta la isla de Benidorm o realizan inmersiones en la Llosa o la Mitjana cada año. Más de un cuarto de millón de visitantes, entre turistas y residentes, son usuarios de este Parque Natural anualmente, personas que demuestran el importante potencial del medio natural de nuestra provincia como complemento de nuestro destino turístico, complemento diferenciador y de calidad pues Alicante encierra en sus escasos 5.800 kilómetros cuadrados de superficie una diversidad de hábitats casi imposible de encontrar en otra región europea.

Un patrimonio que debe estar tutelado de manera continua por las distintas administraciones responsables de su conservación, conservación que en los últimos años ha sufrido un revés considerable en forma de recortes y que ha originado que el personal de nuestros Parques Naturales, como ocurre con Serra Gelada, sea totalmente insuficiente, y los proyectos de conservación que se llevan a cabo en este, prácticamente inexistentes. Cosas para cambiar a la mayor brevedad posible.

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Interpretación del Patrimonio ambiental y la historia de la piratería en Serra Gelada a bordo de un velero, en una actividad de Oxytours. Al fondo l’Illot de la Mitjana y a la derecha, la Cara del Elefante. Abril 2016.

Cada vez que visitas Serra Gelada, a pie o en barco, es imposible no ensoñar con ella, sentir con ella. De esta manera se es capaz de ver aquella barca de leyenda acercándose al acantilado y estando a  punto de estrellarse contra él, se introduce milagrosamente en la Cova de la Dona, con aquella doncella en su interior que escapó de los piratas y a la que descubrieron días más tarde, desfallecida, prácticamente muerta. No es difícil entrever a lo lejos esas mismas galeotas del turco que, fondeadas en la cala dels Illots, se esconden de la vista de los atajadores que recorren las alturas del acantilado buscándolas y así poder alertar a sus torres y estas a las gentes de la costa, eternamente en guardia y atemorizadas.

Cierras los ojos y oyes las historias de pescadores, piratas y focas en Benidorm y el Albir, las que escuchó Castelar. Ese tipo de pesca ya no se practica, esas focas monje ya no están, ni volverán jamás. Pero mientras perduren las paredes gigantes, entretanto naveguemos pegados al Cantal Roig o a través del canal de la Mitjana, las historias que cuenta el acantilado resonarán en nuestras cabezas, nunca se olvidarán y su recuerdo siempre estará presente.

 

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– Señalar que el acantilado de Serra Gelada, desde la punta Bombarda a la punta de les Caletes es una zona de acceso restringido del Parque Natural, por lo que para el desembarco y tránsito por dicho espacio es preciso contar con autorización. Más información sobre el Parque Natural y datos de contacto en este link.

– Recordar aquí a los compañeros de este Parque Natural con los que compartimos muchos días de trabajo, especialmente a Fernando Carmona que patroneaba el Changó el primer día que vi la duna de Serra Gelada desde el mar (y fueron muchos muchos más con él), a Eduardo Mínguez, que hizo caer en mis manos el texto de Castelar en Benidorm y a José Luis Linares, por ejercer de modelo en la foto de la duna fósil. A todos, gracias.

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67 llaves para una Identidad

Cuando éramos críos teníamos un juego de calle, uno que por encima del resto nos llevaba horas y horas recorriendo los pasajes de la Cuesta, de un lado para otro. Nos apasionaba coleccionar llaves perdidas y con ellas, intentar abrir candados ajenos. Íbamos cargados con manojos de llaves, la mayoría encontradas en la calle, oxidadas, pero una vez limpias y recuperadas para la causa, ingresaban en nuestro llavero para intentar abrir todos los candados que veíamos, sin maldad, simplemente por el hecho de poder abrirlos, por la satisfacción de conseguirlo, lo que aunque parezca difícil ocurría de vez en cuando. Con el tiempo el barrio se nos quedó corto y comenzamos a recorrer las Lomas, hacía el Palamó y Orgegia. Por aquel entonces y sin darnos cuenta, la atención de algunos comenzó a pasar de los candados a los árboles y sus nidos. También sin maldad, simplemente nos gustaba ver pájaros, nos encantaba recorrer las sendas que iban a media ladera entre los pinos de las Lomas, algo más arriba de los caminos por los que transitaba todo el mundo.

Lo bueno de recorrer estos y otros senderos es que están repletos de buena gente, afín a uno y a menudo, esa afinidad inicial se convierte en respeto hacia los que te acompañan en el camino, en el que acabas escuchando atentamente, en silencio y aprendiendo de los que saben más que tú, creciendo gracias a ellos. Hace pocos días compartí y disfruté una de esas conversaciones sin orden ni intención donde se hablaba de plantas, de tradición, de pasado, de futuro y, sobre todo, de Identidad. De identidad en la cocina, de tradición en la elaboración, de alma y corazón en lo que se hace, en lo que se sirve. Palabras que a menudo no se entienden en el mundo exterior pero que en la intimidad de ese sendero que subía hacia la montaña para penetrar en ella sonaban reales y sobre todo, necesarias. Hablan de la memoria gustativa, su recuerdo y evolución y de cómo se algunas personas tienen la firme convicción de presentarla en la actualidad en sus tiempos justos, que por supuesto son pausados y cercanos. Identidad, lo que te define, lo que has sido, eres y serás. Por supuesto, independientemente de si nos referimos a una persona, a la cocina, a un territorio o al turismo. Es lo mismo, todo uno.

Caminando por senderos perdidos en montañas encontradas, entre el Cavall y Aitana (Alicante). Noviembre 2015

Precisamente fue en esos mismos días cuando ha coincidido en el tiempo y en el contenido distintas noticias y eventos relacionados con el sector turístico y su futuro a corto plazo, todas ellas con un común denominador. Desde el Tourist Talent Networking Event de Madrid, donde se hablaba de la necesidad de escapar de productos encorsetados para posibilitar que el cliente sienta, se emocione y se sorprenda durante su estancia, destacando la necesidad de los profesionales turísticos en interactuar a nivel emocional con sus clientes, de transmitirles sensaciones que perduren. Pasión, o la evolución de la comunicación, siendo más importante como lo cuentas que lo que cuentas en sí. O qué decir del título que eligieron los alumnos de 4º curso del grado de Turismo de la Universidad de Alicante para el III Encuentro entre profesionales y estudiantes del sector turístico que tuvo lugar en el CdT de Alicante: Emociones en el sector turístico. Emoción y Pasión, necesidad de sorprender y una vez más, ser diferentes, proclamado bien desde el foro más global y mediático, bien desde el más pequeño y local, pero también más cercano y hasta quizás más auténtico.

III Encuentro entre profesionales y estudiantes del Sector Turístico. CdT Alicante, 10 diciembre 2015

O las recientes palabras de José Luis Gascó, director del Instituto Universitario de Investigaciones Científicas (IUIT) de la UA en el diario Información, bajo el título de “Nos creemos mejor de lo que somos” hablando sobre el turismo en nuestra zona como “no sabemos definir qué queremos que sea nuestra ciudad”. Cambiad si se desea ciudad por provincia, destino, región, restaurante, hotel o museo. Todo vale.

Fue leyendo estas noticias y escuchando a ponentes cuando vinieron a mí las palabras pronunciadas por amigos desde aquel estrecho sendero, entre lentiscos, ruscos y aladiernos, y que hablan de tradición, de autenticidad, de emoción, pasión y genuinidad relacionada con la tierra, con sus gentes, palabras que quieren agruparse todas en una, todas en Identidad.

La identidad del territorio, por la que se ha apostado en zonas rurales como elemento clave para su dinamización social y económica, aquí parece no ser tan importante, presentándose a menudo difuminada y arrinconada. Quizás parezca que no es necesaria, el clima y las playas llenan los hoteles por si solos, es lo único que nos hace falta, y los tenemos de sobra. Aunque quizás no sea así para siempre, quizás haya que variar el rumbo de manera decidida hacia esa pasión, hacia una identidad bien definida. Si no lo hacemos continuaremos poniendo costosos e ineficaces parches, de tanto ofrecer experiencias que no emocionan, de diferenciarnos sólo en notas de prensa.

Arrós en ratlla i boniato. Restaurant Ca l’Angels, Polop (Alicante)

Esta identidad como territorio, habitualmente referida a aspectos ambientales y culturales, debe ser mucho más amplia y transversal ya que afecta a todos los niveles de nuestra sociedad, pasada, presente y futura. La eternamente demandada diferenciación del destino, el desarrollo de productos e iniciativas que complementen y enriquezcan la oferta turística de nuestra zona difícilmente llegarán si no somos capaces de entender esa identidad del territorio como factor de desarrollo, si no tenemos la capacidad de identificar las oportunidades que nos ofrece nuestro medio natural,  desarrollándolas de forma respetuosa y sostenible, estructurada y coherente. Por supuesto que se trabaja en esa línea desde hace un tiempo, pero necesitamos una mejor coordinación, conocimiento y colaboración entre instituciones públicas y privadas que nos permita ser cada día un poco mejor, un poco más diferente que el resto de destinos.

Parque Natural de las Lagunas de La Mata – Torrevieja, rutas ecoturísticas organizadas por el Ayuntamiento de Torrevieja y guiadas por Oxytours. Noviembre 2015

Habría que parar. Y volver a caminar lentamente por los valles de Laguar o Gallinera, por las laderas de nuestras montañas, desde Serra Gelada a orillas del Mediterráneo hasta las alturas de Aitana y Serrella, apartando a nuestro paso el carrizo en el Fondó y pisando tierras saladas en Monnegre o La Mata, viendo como el viento forma olas de cereal en Villena o navegar frente a la torre del Charco en La Vila. Quizás en uno de esos senderos, en uno de esos rincones estén las llaves necesarias que nos permitan mirar alrededor de otra manera, a sentir el suelo que pisamos, conectar con él, vivirlo como propio.

Es posible que no sean necesarias 67, quizás unas pocas o incluso una sola llave sea suficiente para abrir el candado, para ayudarnos a ser auténticos, únicos y a emocionar a nuestros clientes desde un barco, delante de los fuegos, sirviendo una mesa, a pie de excavación o buscando alas entre el arrozal.

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– Gracias  una vez más a David Ariza y Paco Teuler por compartir camino, flores, mesa  y vida pero sobre todo, montañas que como Paco bien dice, no son nuestras. Nosotros somos suyos. Si los queréis conocer, no dejéis de visitar la web del Restaurante Ca l’Angels de los hermanos Teuler o el trabajo de David.

– Gracias a J. Antonio Pujol, por compartir con tod@s su paseo de noviembre por La Mata y sus 67 llaves, que mi infancia hizo suyas. Tenéis el post sobre aquel día en la página de Facebook de Crónicas Naturales de Torrevieja, aquí.

– Gracias a los organizadores del III Encuentro entre profesionales y estudiantes del sector turístico de la Universidad de Alicante. Un evento que, desde la sencillez y la pasión, permite compartir vivencias y experiencia entre distintos ámbitos del sector turístico de nuestra zona, enriqueciendo tanto a estudiantes como por supuesto, a profesionales.

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27992: El corazón de la roca.

Era sólo una roca. Magnífica e imponente, cierto. Pero sólo una roca.

Para mi, que acababa de de contorsionar mi cuerpo para llegar hasta pájaros de tormenta, de mirar a los ojos de los delfines, de no pestañear absorto ante la oscura y fría belleza de la Llosa, sólo era una roca. Y pronto, muy pronto, Ifach me mostró lo equivocado que estaba, exhibiéndose ante mí como el gigante de piedra que es.

Todo cambió a los pocos días de mi llegada, justo lo que tardé en recorrer una antigua senda de pescadores fuera de la ruta habitual. Recuerdo el camino de herradura al cruzar la hendidura, parcialmente derrumbado, con un margen de piedra seca de varios metros de altura, seguramente de los años 20 del siglo pasado. Tanto esfuerzo absolutamente olvidado. Sentado en la cueva, quizás refugio para los pescadores de la pesquera del Barranquet, fue entonces cuando Ifach comenzó a reclamar su singularidad.

Parc Natural del Penyal d’Ifac, visto desde el morro de Toix

La roca crecía a mis ojos, cada día más alta. No sólo por las especies de plantas rupícolas que allí se encontraban, tan a mano, o por la posibilidad de seguir con detalle nidificantes tan escasas como el Cormorán moñudo sino también por la gran oportunidad que suponía utilizar lo que menos gusta de Ifach: la afluencia masiva de visitantes, convirtiéndola en un desafío genial para compartir la importancia y excepcionalidad de su Patrimonio.

Pero había una cosa más, algo oculto, lo más grande de la roca, quizás su mayor secreto, quizás su corazón, que quiso compartir de manera generosa conmigo y que me marcó para siempre. Allí, bajo unas lonas, a la izquierda del camino, esperaba su 4ª campaña de excavación la Pobla Medieval de Ifach.

Es imposible resumir en unas pocas líneas la importancia de la excavación de esta ciudad amurallada de finales del siglo XIII, impulsada por el Museo Arqueológico Provincial de Alicante/MARQ, el Ayuntamiento de Calp y la Generalitat Valenciana a través del Parc Natural del Penyal d’Ifac. El trabajo realizado en los cortes para dejar al descubierto nuestro Patrimonio, para interpretar y mejorar nuestro conocimiento sobre cómo era la vida de nuestros antepasados en época medieval, es digno de elogio. El sistema de acceso a la ciudad, el inventariado de torres defensivas, la increíble extracción de la bóveda de crucería de la capilla sur y su clave, la planta completa de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles. Todo, cada pieza de sillería, cada palmo de lienzo de muralla, cada moneda, grafito, estancia o exhumación de su necrópolis. Todo formando parte de un trabajo increíble posicionando nuestro Patrimonio en el lugar que merece, capitaneado por José Luis Menéndez Fueyo.

Entrada y planta de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, Ifac (Primera mitad siglo XIV)

Pero lo que más nos impresionó del trabajo que allí se realiza fue algo que en realidad tiene poca relación (o mucha) con nuestro Patrimonio. Lo primero, cómo abrieron los trabajos y novedades de la excavación a cualquier persona interesada a través de las redes sociales y del blog. Cualquier cosa destacada sobre los trabajos, piezas singulares descubiertas, cambios en las hipótesis formuladas sobre la Pobla conforme avanzaban los cortes y se comprobaban por fin sobre el terreno. Todo. Poniendo al alcance de cualquier usuario los avances de la excavación, con absoluto rigor científico pero redactado de forma accesible para todos.

Quizás ésto ha sido, y lo es aún en día, un problema de los trabajos técnicos relacionados con nuestro Patrimonio en el ámbito que sea, ambienta o cultural. Los trabajos los desarrollan los técnicos, los avances los conocen los técnicos y a menudo los resultados completos se difunden entre los técnicos, alojados en memorias de proyectos y publicaciones a menudo de difícil acceso y compresión para el ciudadano de a pie. Sin embargo esa democratización de la información que se obtenía en Ifach a través de las redes, ya por el año 2009, destacaba sobremanera. Quizás por eso también siempre nos pareció notable el trabajo que en esta línea mantiene Carolina Frías, arqueóloga municipal de l’Alfàs del Pi en el Museo Villa Romana del Albir, así como con el conjunto patrimonial del municipio.

Necrópolis de Ifach

Lo segundo, derivado de su forma de trabajar en los cortes, en gran parte con voluntarios. Durante los dos meses estivales de excavaciones, estudiantes de diversas universidades españolas y extranjeras, así como particulares interesados en la materia, se desplazan hasta Calp para participar en esta excavación. El reconocimiento por parte de la dirección de la excavación al trabajo de estos voluntarios antes, durante y después de cada campaña siempre nos pareció algo a destacar. Mucho más allá de dar las gracias, conscientes de la importancia del voluntario, del trueque entre su tiempo libre y la formación a pie de corte, siempre han tenido en cuenta el trabajo de estos colaboradores reconociéndolo como merecen. Recordamos la exposición que tuvo lugar en el MARQ “Calp, Arqueología y Museo” entre diciembre de 2009 y febrero de 2010. En una de las salas dedicada a la excavación en Ifach, una de las pantallas exhibía, de manera ininterrumpida, fotos y los nombres de los voluntarios que habían colaborado hasta esa fecha en los trabajos. Gente anónima para casi todo el mundo, pero vitales para el desarrollo del proyecto.

Participantes en la excavación y personal del Parc Natural. Verano de 2010

 

Una gran labor, recuperar para todos nuestro Patrimonio, en este caso, oculto bajo metros de escombros de viejos hoteles demolidos. Convirtiendo balsas de riego en las iglesias que eran. Poniendo tiritas en los cortes eternos sufridos por capillas maltrechas. Un trabajo de gran calado, de gran altura. Altura a la que a menudo nuestras administraciones les cuesta llegar. Ignoramos los motivos, en qué mesa de qué despacho a falta de qué firma está paralizada la propuesta de musealización de uno de los edificios del Parc Natural para dotarlo de piezas arqueológicas extraídas de la excavación, de paneles interpretativos, de medios audiovisuales, para convertirlo en valiosísimo apéndice de la Pobla, a escasos 100 metros de la misma, donde más de 100.000 personas cada año podrían conocer y disfrutar el trabajo realizado por los arqueólogos sobre lo que hubo, lo que desapareció, lo que vuelve a haber. Huele a eterna oportunidad perdida, esperamos que no definitivamente.

La Pobla medieval de Ifach es Bien de Interés Cultural desde el 7 de marzo de 2011, con el número de expediente 27992. Un hito Patrimonial de primer orden, un ejemplo para todos de proximidad y difusión de nuestra historia, un magnífico exponente de reconocimiento a las personas implicadas en su realización.

Este año 2015 el proyecto cumple 10 años. Felicidades. Ojalá cumpla muchos más.

Logo 10 años excavación en Ifach

 

Ifach podría ser sólo una roca, magnífica e imponente. Pero con un corazón preparado para marcar a los que se encuentran con ella en el camino. Pretender salir indemne de allí era sólo pura fantasía.

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Desde aquí, nuestra gratitud por su trabajo a Jose Luis Menéndez, Joaquin Pina, José Torre , Roberto Ferrer, Alicia Castelló, Miriam Parra, Julia del Olmo, Diana López, Isabel Zafra, Mª Ángeles Tena, Juan Martínez, Miguel Martínez, Jose Mª Moreno, Dani Zambrana, Stefania Malagutti y tantas y tantas personas más relacionadas con el proyecto, de las que aprendimos cosas que ni ellos mismos imaginan. Gracias.

El blog del Proyecto Ifach, aquí.

La exposición “Calp, Arqueología y Museo” MARQ (diciembre 2009-Febrero 2010) aquí.

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Toda persona que haya pasado por Ifach queda marcada de forma irremediable. En mi caso, doblemente, gracias a esta marca de cantero en la entrada de la capilla sur. Sin saber bien por qué, pasó a ser parte de mi y ahí se quedó por siempre.

 

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La orquídea Orchis collina, belleza entre los pastizales mediterráneos

La palabra orquídea evoca ambientes tropicales, con selvas esmeraldas de infinitos árboles y, descolgándose por sus ramas, una mirada de estas bellas flores que siempre cautivan la atención y admiración humanas.

Pocos saben que al borde de nuestras salinas, lindando con las irreales aguas rosáceas saturadas de sal, entre los tallos ocres de albardinales, lastonares y espartales, también se pueden encontrar varias especies de orquídeas. Mucho más pequeñas, eso sí. Y en el caso concreto de las lagunas de Torrevieja y La Mata, además, podemos contemplar la mayor población de la denominada Orchis collina, escasísima en el resto de la provincia de Alicante

 

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Aguas rosáceas de la Laguna de Torrevieja

 

No tiene un nombre popular tradicional. A mi me gusta llamarla, jugando con la etimología de su término específico latino, como orquídea de las colinas o simplemente “colina”. Y la verdad es que no le viene del todo mal dicho nombre. Parece que fue en una colina de Alepo (Siria) donde se describió por primera vez a finales del siglo XVIII. Por aquel entonces, probablemente también fuera mucho más abundante en Torrevieja de lo que es ahora, sobre todo en las lomas o colinas que separan ambas lagunas, antes de que la agricultura de secano primero y el crecimiento urbanístico después, las desplazara. Hoy, como digo, están relegadas a lugares muy concretos, confinadas por un lado por la lámina de agua de las salinas y, por otro, por el límite administrativo del Parque Natural: artificial, pero vital para su existencia.

Las lluvias otoñales despiertan los dos bulbos subterráneos con forma de testículo (orchis en latín, de donde viene el nombre genérico), de los que emerge una roseta basal de inconfundibles hojas verde brillante. Poco a poco irá creciendo un pequeño tallo sobre el que se organizará la inflorescencia. Orchis collina presenta una de las floraciones más tempranas de entre todas las orquídeas que se pueden encontrar en nuestra zona. En ocasiones, en el mes de enero ya se pueden ver algunas florecidas, aunque es entre febrero y marzo cuando tiene lugar el máximo de floración.

 

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Orchis collina en floración

 

El tallo florífero o escapo rara vez supera los 30 cm de altura, constituyendo el soporte sobre el que se organiza el racimo de hasta 20 flores de color pardo-purpúreo. Los ejemplares que crecen entre los albardinales son de una extremada belleza: el verde eléctrico de las hojas de la orquídea, su abigarrado racimo de flores púrpura, contrasta de manera irreal con los tonos ocres del suelo, con la maraña de hojas secas del albardín y con las verdes de esta gramínea.

Una mirada más atenta nos descubre la verdadera dimensión de la flor de la orquídea. Aunque mucho más pequeña que sus hermanas tropicales, su diseño es asombroso. Sin embargo, son flores que no tienen néctar que ofrecer a los insectos, y con el polen lo suficientemente protegido como para evitar ser comido por potenciales enemigos. Entonces…. ¿cómo logran intercambiarlo con otras flores?, ¿cómo atraen a sus polinizadores?. Ahí entra en juego el hecho de que las orquídeas sean las plantas más evolucionadas sobre el planeta, equiparables a los primates en el reino animal.

 

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Detalle de una flor de Orchis collina

 

Para conseguir su reproducción sexual, esto es, que el polen de un ejemplar fecunde el óvulo de otro, recurren a aprovecharse del ímpetu sexual de los insectos. Manipulación de los instintos básicos, llevados a la más refinada expresión.

En el caso concreto de Orchis collina, el tamaño, textura y forma de su flor y, sobre todo, el aroma de las feromonas que exhala (imperceptible para nosotros), vuelven locos a los machos de varias especies de abejorros que, cegados por la pasión, son capaces de denostar a sus propias hembras, en su intento de copular con la flor de la orquídea. Incapaz de llevarse por los aires a lo que él piensa es una hembra, el cegado abejorro entablará un forcejeo con la flor, y es entonces cuando los paquetes que contienen los estambres con el polen se adhieran a su cuerpo. Exhausto y receloso, el insecto claudicará por fin y abandonará a tan “difícil compañera”, pero pronto renovará sus bríos y, si de nuevo es engañado por la flor de otra Orchis collina, se producirá la fertilización de la orquídea, a expensas de la desesperación del burlado abejorro.

Si ya de por sí localizar una Orchis collina es todo un privilegio y un deleite para el aficionado a la botánica, toparse con un ejemplar albino es…. indescriptible. Existe una variedad de esta orquídea, denominada Orchis collina flavescens, que tiene las flores de un níveo inmaculado, a consecuencia de la decoloración genética del cromatismo original. La mayor concentración de estas orquídeas blancas se encuentran en las zonas litorales de la vecina Murcia y Almería, pero en Torrevieja también pueden encontrarse algunos ejemplares.

 

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Orchis collina flavescens

 

Todavía hay un misterio más. Nuestras orquídeas mediterráneas no pueden ser trasplantadas a macetas. Imposible atrapar el universo de relaciones simbióticas de sus raíces, tubérculos, hongos y sabe qué organismos más, en la simplicidad de un contenedor artificial. Por ello, mejor no intentarlo. Supondría su muerte inmediata.

Más gratificante será contemplar la grácil y fugaz aparición de las Orchis collina en los pastizales mediterráneos, con la incertidumbre de si la encontraremos o tendremos que esperar al año que viene… Con el pálpito de encontrar una de flores blancas

Juan Ant. Pujol Fructuoso

Biólogo

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Agradecemos a Juan Antonio Pujol su colaboración en nuestro blog, que sin duda enriquece con su aportación. Gran trabajo el suyo compartiendo con todos la innegable importancia del Patrimonio ambiental del sur de la provincia de Alicante, el cual podéis consular en su página de Facebook, Crónicas Naturales de Torrevieja.

Y, como siempre, gracias a Antonio Sáez de Averaves por la cesión de sus imágenes, siempre espectaculares, para nuestro blog.

 

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Para el tiempo. Sólo elige cómo hacerlo

El tiempo se puede parar a voluntad, además me atrevería a decir que sin demasiado esfuerzo. Y no es que exista una necesidad expresa para hacerlo, simplemente decides detenerlo. Lo quieres, lo haces. De todas maneras es cierto que puede ocurrir de manera casual, sin previo aviso. Todo se detiene durante un instante fugaz y luego, y esto es lo bueno, te lleva atrás, a reencontrarte con tus recuerdos, quizás con tus raíces.

Mi método recurrente para parar el tiempo y volver atrás es abrir una botella de masaje para después del afeitado guardada a buen recaudo en casa. Abro la botella, huelo su fragancia y sí, se para el tiempo y vuelvo atrás unos cuantos años y oigo la voz de mi hermano, clara y potente. Se para el tiempo y aunque los recuerdos muerden, vuelvo a ellos sin remedio.

Hace pocos días el tiempo se paró también mientras hojeaba una guía de plantas, justo al ver una foto de la Corona de rey (Saxifraga longifolia) y sin poder evitarlo volví a aquellas primeras caminatas absolutamente frías de hace muchos años, subiendo por la pista de Partagat y buscando el Pas de la Rabosa sólo para ver esas mismas Coronas de rey, bordeando la sima y sentándome allá arriba, maravillado de la belleza matemática de su roseta de hojas basales (no creí la existencia de la secuencia de Fibonacci hasta que ví el primer ejemplar de esta planta) siendo de los pocos que la prefiere sin su espectacular y dramáticamente única flor. Magnífica, como Aitana, como las islas a lo lejos, como el vuelo de las chovas. Se paró el tiempo y recordé la extraña sensación de soledad allí arriba, de sentirte felizmente raro.

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Sin embargo, una tercera forma de parar el tiempo se presentó de repente, casi a traición. Fue en Polop, en Ca l’Angels, la primera vez que estuve allí. Nada más entrar me cautivó el suelo de la estancia. El pavimento de mosaico, series de losetas multicolor repetidas por doquier (de nuevo belleza matemática) recuperadas de mi memoria infantil. Pero eso no paró el tiempo, todo se frenó justo al primer bocado, cuando probé la escalibada que tenía delante. Creo que fue la simple combinación de los sabores del tomate, la melva y el olor del aceite de oliva. Claro que se todo se detuvo, fui lanzado con fuerza hacia atrás hasta llegar a enormes cocinas olvidadas con mesas y sillas también enormes y chimenea, donde una navaja algo oxidada cortaba jamón y pan, y un tomate como sabía como ese con un aceite que olía como ese.

Sin duda alguna los sabores auténticos de esta casa te conectan con tus raíces, con tu origen. Porque lo que tienes en el plato es el resultado de algo que poco tiene que ver con la simple transformación de materias primas. La tradición en la elaboración, que va más allá que de madre a hija, que se pierde en la memoria de los valles y calas de esta tierra que ha hablado idiomas que sólo las montañas recuerdan, pero que dio lugar con el paso de los siglos un patrimonio gastronómico que nos identifica como pueblo, nuestro y para todos. La tremenda calidad de los productos utilizados en su elaboración, los tiempos pausados en el fuego, el respeto y la pasión por lo que se crea, el esfuerzo del día a día… el resultado crea un vínculo entre sus historias y las tuyas, un puente entre territorios, los pasados y los presentes.

calangels

A alguien le puede resultar curioso una entrada donde se hable de gastronomía y no haya ni una sola fotografía de platos magníficamente presentados. Debe ser porque en esta ocasión se habla de las personas y de las manos que crean y sirven estos platos, por lo que hemos preferido ilustrar esta entrada con Vicenta y Paco Teuler, corazón y alma, alma y corazón de Ca l’Angels. Porque son ellos los que lo detienen todo gracias a la perfecta comunión de tradición e innovación de la que hacen gala y  al profundo conocimiento del medio natural que les rodea y los elementos que de él utilizan. En esta entrada, las fotos de los platos no son necesarias, incluirlas es del todo inútil si lo que pretendemos es disfrutar de los sabores y sensaciones de nuestra tierra.

Eso hay que sentirlo. Hay que ir allí. Y que se pare el tiempo.

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– Queremos agradecer a los amigos del restaurante Ca l’Angels de Polop el permitirnos utilizar la foto que capitanea este post. Su web, aquí. Y su blog, también.

– Gracias a Laura Martín por su foto, sus cangrejeras, y por ser inmensa. Su blog, aquí.